
Devoradores de medallas y acaparadores de títulos, los jugadores de la selección tienen este domingo una nueva cita para hacer más grande la leyenda de este equipo. La de Lituania será la sexta gran final que juega una generación irrepetible
Faltaban 18,6 segundos para concluir el partido, Italia, que había dominado gran parte del duelo, se veía dos abajo en el marcador pero con el balón para alargar su historia como bestia negra de España. Massimo Bulleri, auténtico demonio aquella tarde en Estocolmo, acaparó toda la posesión. Su diabólico yo-yo había hecho mucho daño a partir del bloqueo directo, pero en esta ocasión España tenía un plan. José Manuel Calderón se convertiría en su lapa y, como otras tantas veces, le empujó hacia el muro que representaban los 216 centímetros de Pau Gasol. Bulleri cayó en la trampa, su lanzamiento no entró y esta dorada generación comenzaría su caminar por las grandes finales del baloncesto.
Con la de este domingo serán seis las finales que ha jugado esta generación. Para Serge Ibaka, Víctor Sada o Fernando San Emeterio será la primera, pero Pau Gasol, Juan Carlos Navarro y Felipe Reyes han vivido todos y cada uno de los cinco capítulos previos de esta singular historia.
Todo comenzó aquella tarde de septiembre en Suecia. Derrotar a Italia en semis permitió a España poder jugar una nueva final de Eurobasket, Lituania sería el rival para aquella ocasión. El conjunto báltico había completado un torneo portentoso, tenía los mejores tiradores del campeonato pero nadie esperaba que uno de los grandes protagonistas fuera su pívot Eurelijus Zukauskas.
El gigantón lituano fue el único jugador capaz de ensombrecer el perfecto campeonato de Pau Gasol. Y es que aquel día Pau no sólo no jugó cómodo en ataque durante muchos minutos, sino que pronto se cargó de faltas. Sin su referente, el equipo se colapsó y aguantó poco más de un cuarto. España llegó a verse a más de 20 puntos del rival, pero en un increíble acto de fe, Pau Gasol tiró del carro y con 36 puntos aquella noche casi obra la remontada. España se llegó a colocar a 12 puntos, pero aquel día no era el de España. Sin aportación del banquillo (entre Gasol, Navarro y Garbajosa anotaron 71 de los 84 puntos del equipo), Lituania fue una apisonadora que destrozó a los españoles bajo la dirección de Sarunas Jasikevicius.
Habría que esperar tres años mas tarde para volver a ver a España en una gran final. Sería la más grande de todas, la de un Campeonato del Mundo. Y no sería una final cualquiera.
A la carga de adrenalina que supone estar en la antesala de la gloria deportiva, ese día se añadió el plus de emotividad que significó la lesión de Pau Gasol. El pívot se rompió el pie izquierdo a poco de la conclusión del encuentro de semifinales contra Argentina. Todavía perdura en la retina la imagen del dolorido jugador lanzando tiros libres con lágrimas en los ojos. Ahora la final tenía el deber de rendir pleitesía al héroe caído.
Será una final recordada por muchos motivos: la camiseta con la que homenajeraron a Pau Gasol, la exhibición defensiva de dos secundarios como Berni Rodríguez y Marc Gasol frenando a Papaloukas y Schortsianitis, la tremenda paliza que reflejó el marcador (70-47) o las lágrimas de un Pepu Hernández que dignificó la profesión de entrenador llevando a lo más grande a aquel equipo en el silencio del dolor por haber perdido a su padre horas antes.
Y de la final con epílogo más bello, a la final más triste que jamás recordó un país. Un año después, en 2007, Madrid y toda España se disponía a festejar el maldito título continental (hasta aquel día se habían perdido las cinco finales europeas previas) que tanto tiempo se resistía. Eran campeones del mundo, jugaban en casa y frente estaba una Rusia que venía con una casi inexistente historia reciente. Todo parecía idílico para ganar el oro, pero aquel día nada salió bien.
Se dominó de inicio (25-13), pero el triple pasó de ser un recurso a un abuso (en el segundo cuarto el equipo sólo anotó triples) y los tiros libres en una pesadilla. La tela de araña de David Blatt atrapó a los muchachos de Pepu Hernández y a quien más, a un lesionado Juan Carlos Navarro que, lesionado toda la segunda parte, terminó aquella fatídica final con cero puntos.
Pau fue el de las grandes ocasiones pero quizá hubo un exceso de Gasoldependencia (anotó 7 de los 10 puntos logrados en el último cuarto) ,y en un final para el olvido, JR Holden anotó la canasta más cruel que recordarán los aficionados que se reunieron en el Pabellón de Deportes de la Comunidad de Madrid. Un aro escupía el último lanzamiento de Pau Gasol y completaba la triste noche de unos héroes que fueron aún más grandes en la derrota.

Porque la victoria o la derrota nunca fue la vara medir a este equipo, la final Olímpica de 2008 no podrá ser recordada como la del oro perdido, la de los pasos NBA o el triple de un Kobe Bryant que silenciaba el sueño olímpico. No. Aquel partido será recordado por ser la final Olímpica (y quizá de cualquier competición) más bella jamás vista.
España luchó a pecho descubierto contra la mejor selección de Estados Unidos de Norteamérica desde el Dream Team de 1992 y estuvo 37 minutos soñando con el oro. A cada canasta de Wade, Rudy contestó con triples o mates que sobrevolaban a supermanes, a cada exhibición de LeBron James, Pau respondió con su jerarquía de rey del tablero, pero España no pudo con Kobe Bryant quien, a tres minutos del final. logró una acción de tres más uno para romper definitivamente el partido.
Pero como siempre la historia da una oportunidad para la revancha, esta generación todavía ha vivido una última gran final. Fue hace dos años en Polonia y quizá fue la más inesperada.
Sorpresa no por la calidad de los jugadores, sino porque el devenir del conjunto no parecía conducirlo al gran partido del torneo. Con una derrota en el debut frente a Serbia y una segundo tropiezo frente a Turquía, España jugó cinco partidos a vida o muerte en Lodz y Katowice.
La historia dirá que España ganó la final contra Serbia, pero empezó a colgarse aquella medalla una semana antes cuando endosó un parcial de 23-0 frente a Lituania. Del profundo KO en el que estuvo sumergida, salió España para renacer frente a Polonia, Francia y Grecia sucesivamente.
Serbia significó cerrar el círculo del un torneo extraño como pocos y sanar las heridas que tanto daño hicieron en el orgullo de los españoles. Si en el debut, Serbia pasó por encima de la Selección y la dejó en apenas 57 puntos, en la final España fue un vendaval que destrozó a la selección balcánica en 20 minutos.
Completando cinco partidos de ensueño, España se presentó al descanso con 14 puntos de ventaja (58-44), para posteriormente dejar en nada a una Serbia que llegó a ir perdiendo por 29 puntos (79-50). Pau Gasol, criticado por sus fallos desde la personal en el debut, era el vengador perfecto de un equipo que conquistaba su segundo título y que ahora espera agrandar su leyenda el próximo domingo. Francia volverá a medir la grandeza de esta Selección.
Álvaro Paricio

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